Catalina Rey Valeirón
Etiología
La babesiosis canina es una enfermedad cosmopolita producida por protozoos intraeritrocíticos del género Babesia. El agente etiológico de esta enfermedad es llamado comúnmente piroplasma, por la palabra griega pyros, que significa calor (a causa de la fiebre que la caracteriza) y por el latín pirum, debido a la forma de pera que asume el parásito dentro del glóbulo rojo. En 1895, dos investigadores del Instituto Patológico de la Real Escuela Veterinaria de Milán, Piana y Galli-Valerio, publicaron un trabajo titulado “Sobre una infección del perro por parásitos endoglobulares de la sangre”, en el que se describía el diagnóstico, curso clínico y terapia en un canino sometido a su cuidado. Identificaron por primera vez este parásito en caninos y propusieron el nombre de Pyrosoma bigeminum var. canis para diferenciarlo de Pyrosoma bigeminum (ahora Babesia bigemina), nombre otorgado por Smith y Kilbourne en 1893 (Genchi y Genchi, 2005) e identificado originalmente en los bovinos por Víctor Babes como Haematococcus bovis (Babes, 1888).
Hasta hace poco se daba por hecho que las especies de Babesia que afectaban a los caninos eran Babesia canis Piana y Galli-Valerio, 1895 y Babesia gibsoni (Patton, 1910). Con base en extendidos sanguíneos teñidos con coloraciones de Romanowsky, los aislados de Babesia pequeños y grandes recogidos de caninos alrededor del mundo han sido generalmente atribuidos a estas dos especies. Son morfológicamente distinguibles ya que corresponden a un piroplasma grande (4-5 μm), en forma de pera y generalmente con más de uno por célula y uno pequeño (1,5-2,5 μm), más pleomórfico y en formas individuales, respectivamente. Sin embargo, existen tres subespecies de Babesia canis que pueden clasificarse en grados de menor a mayor virulencia. B. canis vogeli (Figura 1), transmitida por la garrapata marrón del perro, Rhipicephalus sanguineus, causa anemia hemolítica transitoria con respuesta regenerativa de reticulocitos o una infección subclínica; B. canis canis (transmitida por Dermacentor reticulatus), ha sido reportada en varios países de Europa con sintomatología variable, mientras que B. canis rossi, encontrada sólo en África y transmitida por Haemaphysallis leachi, es altamente virulenta causando una enfermedad hiperaguda con hipoxia, choque hipotensor, coagulación intravascular diseminada y muerte antes de que aparezca la anemia.
Figura 1. Múltiples merozoítos de Babesia canis vogeli en el interior de un glóbulo rojo. Extendido sanguíneo teñido con Hemacolor®. 1000x.
(Fotografía: M.V. Norkis Martínez, Universidad Francisco de Miranda, Coro, Venezuela).
Los métodos moleculares han confirmado que estas tres entidades son diferentes genéticamente. En Venezuela, la única identificación molecular corresponde a un aislado falconiano identificado como Babesia canis vogeli. (Rey-Valeirón y col., 2007)
Epizootiología
Ciclo biológico
El ciclo de la Babesia es altamente complejo y puede ser separado en tres etapas: (i) gametogonia, una etapa sexual con formación y fusión de gametos dentro del intestino de las garrapatas; (ii) esporogonia, la reproducción asexual en las glándulas salivares de la garrapata que da lugar a los esporozoitos (iii) merogonia, un estadio de división asexual en los eritrocitos del canino y que origina los merozoitos.
Hasta donde se conoce, todas las especies de Babesia son trasmitidas por garrapatas. En las zonas tropicales, la garrapata marrón del perro Rhipicephalus sanguineus (Figura 2) es,-hasta ahora- el transmisor principal. Se han señalado otras vías de infección, como las transfusiones de sangre, transmisión transplacentaria y heridas producidas por mordidas entre caninos, principalmente en aquellos países donde la pelea entre perros es una práctica popular (Irwin, 2009).
Figura 2. Formas evolutivas de la garrapata marrón del perro, Rhipicephalus sanguineus; a. Larva; b. Ninfa; c. Hembra; d: Macho.
Las garrapatas se infectan cuando ingieren eritrocitos conteniendo merozoítos de Babesia, los que deberían ser considerados como gametocitos. Estos gametocitos se convierten en gametos masculinos (microgametos) y femeninos (macrogametos) en el intestino de la garrapata. Los microgametos se fusionan con los macrogametos para formar cigotos móviles. Los cigotos se multiplican y los vermículos resultantes invaden numerosos órganos de la garrapata, incluyendo los ovarios, por lo que la infección pasa a través del ovario al huevo y por tanto a la nueva generación de garrapatas (transmisión transovárica). Su potencial de expansión aumenta debido a que la babesia también puede ser transmitida verticalmente, es decir, de estadio a estadio (huevo–larva–ninfa-adulto). Dado que el ciclo sexual tiene lugar en la garrapata, ésta es el hospedador definitivo en el ciclo evolutivo del parásito (Figura 3).
Figura 3. Ciclo evolutivo de Babesia canis (Modificado de Navarrete y Nieto, 1999 para este artículo)
Cuando la garrapata se alimenta sobre el perro, la rápida multiplicación intracelular del parásito en el interior del eritrocito guía a la destrucción de esta célula, junto con la liberación de nuevos parásitos y la subsiguiente invasión y destrucción de otros eritrocitos. La multiplicación continúa con la muerte del hospedador o habitualmente, hasta que el sistema inmune pone fin a la multiplicación del parásito (Uilenberg, 2006).
La inyección de los esporozoitos que se encuentran en la saliva de la garrapata usualmente ocurre entre dos a cinco (2-5) días después de la adhesión y el período prepatente puede variar entre 10 días a tres (3) semanas. Sin embargo, en el caso del aislado venezolano de Babesia canis vogeli, el período prepatente en animales infectados experimentalmente fue de dos a seis (2-6) días, en concordancia con lo encontrado por otros autores (Rey-Valeirón y col., 2007).
Casos en Venezuela
Babesia canis fue señalada por primera vez en 1940 en la clínica de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Central de Venezuela (Díaz-Ungría, 1970). En 1992, se observó Babesia canis en nueve de 55 muestras sanguíneas caninas evaluadas mediante extendidos sanguíneos (Arraga de Alvarado, 1992). Pérez y Rey-Valeirón (2003) determinaron 5,3% de prevalencia mediante la misma técnica en 150 caninos de localidades cercanas a Coro, estado Falcón; Ramírez (2004) señaló entre 0,5 a 0,8% de prevalencia sobre 7.478 muestras evaluadas en el área metropolitana de Caracas. Posteriormente, Criado-Fornelio y col., (2007a) reportaron 2,24% de prevalencia a través de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) en muestras de diversas localidades de Coro, estado Falcón. Mujica y col. (2010) reportaron 22,66% de seroprevalencia de Babesia canis en parroquias del municipio Iribarren del estado Lara.
Patogenia de la babesiosis canina
La patogenicidad de Babesia depende de la especie/subespecie y del aislado geográfico. Son importantes otros factores como la edad del animal, la presencia de garrapatas y la respuesta inmune del canino. Los animales jóvenes tienden a padecer la forma aguda de la enfermedad, aunque no se descartan cuadros clínicos severos en adultos inmunocomprometidos o con enfermedades concomitantes como la ehrlichiosis.
La enfermedad causada por Babesia canis vogeli usualmente es subclínica, excepto en cachorros de tres a cuatro (3-4) meses de edad, en los cuales suele ser fatal. Se detecta accidentalmente en extendidos sanguíneos de caninos que sufren otra enfermedad (inmunosupresión, quimioterapia) o cirugía, principalmente esplenectomía.
La presencia de las especies de Babesia en el eritrocito guía a la destrucción de esta célula. Varios mecanismos están involucrados en la destrucción del eritrocito: unión de anticuerpos a la superficie celular, activación de complemento, fagocitosis y creación de esferocitos. La parasitemia aumenta la fragilidad osmótica del eritrocito y el daño tanto oxidativo como inmune a la membrana resulta en la combinación de hemólisis intra y extravascular. Las consecuencias de esta hemólisis incluyen anemia, hipoxia tisular, hemoglobinuria y acidosis metabólica. La peroxidación de lípidos que ocurre durante la infección aumenta la rigidez de la membrana eritrocítica y hace más lento su paso por los lechos capilares, lo que trae consigo estasis microvascular (Irwin, 2009).
Clínica
La babesiosis canina puede presentarse en forma hiperaguda, aguda, crónica o subclínica, con un amplio rango de signos clínicos (Vial y Gorenflot, 2006). La presentación hiperaguda o aguda de la enfermedad se ha observado principalmente en infecciones por B. gibsoni, B. canis rossi o los aislados virulentos de las otras dos subespecies de B. canis. La presentación clásica está asociada con síndrome febril (marcada y repentina hipertermia cercana a 41°C, anorexia, depresión) y hemolítico (anemia, ictericia, bilirrubinuria, hemoglobinuria, esplenomegalia). Este síndrome raramente se resuelve espontáneamente en ausencia de tratamiento específico y es seguido de una muy larga convalescencia y de recaídas, o puede guiar a choque, ictericia y falla renal severa. La infección experimental de caninos con el aislado venezolano de B. canis vogeli demostró que era un aislado poco virulento, con poco efecto sobre los niveles de hematocrito y baja parasitemia (Rey-Valeirón y col., 2007).
Se han presentado algunas formas atípicas de la enfermedad que pueden complicar el diagnóstico. Estas incluyen problemas locomotores, cerebrales, oculares, gastrointestinales y vasculares, que pueden derivar en necrosis de extremidades por coagulación intravascular diseminada.
En la forma crónica no se observan parásitos en extendidos sanguíneos y pudiera ser mejor llamada “estado de portador”. En esta etapa hay una convalecencia prolongada caracterizada por anemia y depresión moderada. Los caninos en esta etapa se convierten en reservorios con altos títulos de anticuerpos, aunque algunos de ellos pueden presentar signos de enfermedad crónica como glomerulonefritis, enfermedad hepática o ambas (Brandao y col., 2003). Se ha reportado septicemia y choque séptico como responsables de niveles significativos de mortalidad en animales críticamente enfermos (Matijatko y col., 2009).
La infección mixta con otros agentes hemotrópicos como Hepatozoon canis, Anaplasma platys o Ehrlichia canis pueden contribuir a la diversidad de signos clínicos. Algunos investigadores se refieren a un estado de “bajo grado de hemólisis” en animales portadores pero se debe probablemente a una infección mixta con otros agentes hemotrópicos.
Los hallazgos de laboratorio en animales afectados por Babesia canis incluyen anemia normocítica-hipocrómica, anisocitosis, neutrofilia, monocitosis, linfopenia y trombocitopenia (Dantas-Torres y Aguiar-Figueredo, 2006). Las anormalidades en la coagulación sanguínea han sido extensivamente investigadas, pero debido a la heterogeneidad de las poblaciones caninas analizadas se han presentado resultados contradictorios.
Furlanello y col., (2005) reportaron trombocitopenia y elevada hiperfibrinogenemia en 23 caninos infectados naturalmente por Babesia spp. En cuatro de ellos, se observó que los productos de degradación de fibrinógeno y el dímero-D se encontraban aumentados. En este tipo de patología se recomienda un coagulograma, que consiste en la medición de TTPA (Tiempo de Protrombina Parcial Activado), TP (Tiempo de Protrombina), contaje plaquetario, y productos de degradación del fibrinógeno, especialmente fragmentos D y E. El dímero-D es un indicador sensitivo y específico de la fibrinólisis. Debido a que en la coagulación intravascular diseminada se presenta una elevación marcada del dímero-D, su estimación ha sido utilizada en el diagnóstico de babesiosis, ehrlichiosis y hepatozonosis caninas (Contreras y Escuer, 2008).
Diagnóstico
El diagnóstico de babesiosis canina se basa usualmente en el examen físico y la historia del paciente. El examen microscópico de extendidos sanguíneos teñidos con Giemsa, Wright, Hemacolor® o Diff-Quick® debe hacerse siempre que sea posible, porque el parásito puede observarse en los casos febriles. Este método es ampliamente usado en la clínica veterinaria debido a su simpleza, bajo costo y alta especificidad, y a veces es la única forma de diagnóstico accesible en las clínicas veterinarias. Sin embargo, en casos portadores o subclínicos la identificación del parásito es bastante difícil, pues se requiere un mínimo de parásitos/ml de sangre para dar un caso como positivo. Para mejorar la sensibilidad de esta técnica se recomienda utilizar sangre capilar, por ejemplo de la oreja, y hacer un extendido de capa blanca en vez de sangre entera porque los glóbulos rojos parasitados se ubican justo debajo de la capa de leucocitos en el capilar de hematocrito.
Debido a que la palidez de mucosas puede estar presente en otras enfermedades, debe hacerse diagnóstico diferencial en cachorros entre la anemia hemolítica de la babesiosis y altas cargas parasitarias debidas a ancilostomiasis. En animales adultos, el clínico debería considerar anemia hemolítica autoinmune, síndrome caval de la dirofilariasis, ancilostomiasis, y en menor grado, septicemia, consumo de cebolla en alimentos caseros, coagulopatías debidas a ingestión de rodenticidas o disfunción plaquetaria.
Las pruebas serológicas son útiles para identificar animales portadores y diagnosticar infecciones crónicas y para estudios epizootiológicos. La inmunofluorescencia ha sido la más usada para el diagnóstico de la babesiosis canina en los últimos 30 años (Pereira Da Costa y col., 2015, Irwin, 2009) en el mundo y en Venezuela (Mujica y col., 2010). Como desventajas se encuentran la subjetividad del operador y ser poco práctica para despistajes de muchas muestras.
El ensayo de inmunoabsorción ligado a enzima (ELISA) utilizando antígenos solubles de B. canis ha resultado ser más sensible que la inmunofluorescencia para el diagnóstico serológico (Furuta y col., 2009). Pero aún se está a la búsqueda de un antígeno recombinante adecuado para diagnóstico.
Una limitación que presenta el diagnóstico serológico es su incapacidad de diferenciar las infecciones agudas de las crónicas, lo que representa un problema para el clínico si está trabajando en zonas donde la babesiosis en enzoótica. Los animales pueden permanecer seropositivos aún después de tratamientos que eliminan el parásito, y los resultados no serían confiables, pues la inmunidad post-infección puede durar hasta ocho meses. El valor diagnóstico de estas pruebas es pobre en ausencia de síntomas o datos del paciente (Dantas-Torres y Aguiar-Figueredo, 2006).
Los métodos de diagnóstico molecular, particularmente la reacción en cadena de la polimerasa (PCR), son muy útiles y de gran valor en el futuro de la clínica canina. Son considerablemente más sensibles para detectar infecciones causadas por B. canis en las que la parasitemia es tan baja que no es visualizada mediante extendidos sanguíneos. Entre estos, se incluye la PCR estándar (o de tiempo final), seguida de digestión por enzimas de restricción y secuenciación (Criado-Fornelio y col., 2007); la PCR cuantitativa (de tiempo real) es una herramienta más útil, porque los animales infectados pueden ser tratados a tiempo para evitar la transmisión de la enfermedad (Costa-Júnior y col., 2012); y la PCR-FRET (Fluorescence Resonance Energy Transfer), un ensayo que puede evaluar múltiples muestras simultáneamente e incluso diferenciar infecciones por dos especies diferentes (Kongklieng y col., 2015). Mientras que los extendidos extendidos sanguíneos permiten dar como positivo a un animal que tenga más de 0,001% de parasitemia, es decir, deben visualizarse 100.000 glóbulos rojos para que aparezca uno infectado, la PCR puede detectar cargas parasitarias de tan sólo 50 organismos por mililitro de sangre. Esta técnica ha comenzado a usarse en Venezuela para estudios epizootiológicos (Rey-Valeirón y col., 2007).
Terapeútica
Las diamidinas dipropionato de imidocarb (derivado carbanilida) y el diaceturato de diminaceno (derivado aromático) han sido usados extensivamente en caninos para el tratamiento de babesiosis. Debido a su estrecho margen terapeútico, ninguna de las dos diamidinas debe ser suministrada vía endovenosa. Estos fármacos no eliminan completamente las babesias, aunque producen una reducción drástica de los parásitos circulantes en sangre.
El dipropionato de imidocarb se administra vía subcutánea. Aunque su aplicación causa dolor, dos inyecciones de 5,0 a 6,6 mg/kg, con intervalo de 14 días han demostrado ser efectivas (Vial y Gorenflot, 2006; Rey-Valeirón y col., 2007) y se ha señalado un margen de seguridad de hasta 9,9 mg/Kg. En casos de babesiosis aguda la respuesta es rápida, con producción de nuevos eritrocitos en 24 horas. Esta droga es bien tolerada pero debe administrarse atropina diez minutos antes para prevenir efectos secundarios como vómitos transitorios, salivación, lagrimeo y debilidad. Los síntomas de toxicidad están relacionados con actividad inhibitoria de la colinesterasa. Por otra parte, es una droga que elimina totalmente estos parásitos. Brandao y col. (2003) demostraron que los caninos infectados experimentalmente con B. canis tratados con imidocarb y retados seis meses después con el parásito, fueron incapaces de evitar la reinfección con un aislado homólogo.
Otro tratamiento igualmente efectivo es el diaceturato de diminaceno y se recomienda como sola dosis de 5 mg/kg vía intramuscular (Vial y Gorenflot, 2006). Debe tenerse cuidado en no sobre-dosificar esta droga por su estrecho margen de seguridad. Dos dosis administradas con pocos días de diferencia pueden causar síndromes neurológicos y muerte.
Debe considerarse la administración de oxígeno y transfusiones sanguíneas además de la terapia específica, dependiendo de la velocidad a la cual se desarrolle la anemia. Aunque deben realizarse pruebas de compatibilidad sanguínea, los perros pueden recibir una primera transfusión sin efectos secundarios. Aunque existe controversia al respecto, algunos clínicos utilizan dexametasona (0,2-0,5 mg/kg) vía endovenosa, seguido de prednisona oral (1 mg/kg diario durante 3-5 días) para controlar el componente inmune responsable de la hemólisis. Debe controlarse asimismo la acidosis metabólica.
Control de la babesiosis canina
No hay vacuna disponible en Venezuela producida con aislados autóctonos y los caninos inmunes a B.c.canis o B.c. rossi no están protegidos contra B.c. vogeli (Uilenberg, 2006), por lo que una vacuna foránea conteniendo estas especies pudiera no servir contra la babesiosis en nuestro país. Por ello, en Venezuela el control de las garrapatas en caninos y en el ambiente debe ser prioritario.
El uso de imidocarb como profiláctico, a dosis de 4-6 mg/kg, puede proteger a los caninos entre 2 a 6 semanas, en ambientes muy infectados de garrapatas pero a la larga puede causar hepatotoxicidad. Debido a que los parásitos pueden ser transmitidos a través de transfusiones, es vital tomar medidas para evitar esta vía de infección. La esplenectomía, el uso de acaricidas o las pruebas de biología molecular para detección del parásito en los caninos donantes deben ser de rigor en la clínica veterinaria.
Figura 4. Infestación de canino por garrapatas.
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1 comentario
Mi apreciada Profe. Catalina Saludos. Sus trabajos son dignos de admiración; me siento orgullosa de que usted nos haya formado.